domingo, 19 de marzo de 2017

Julio Cortázar: «Continuidad de los parques».

¡Hola a todos!

Hoy os traigo, como os traje con la entrada “Lord Dunsany: «Caronte»” (que podéis ver si pincháis en el nombre de la entrada… o aquí) algo que me descubrieron en clase hace poco, un relato de un escritor, traductor e intelectual argentino, un activista de izquierdas famoso por su innovación y por su obra de narrativa, sobre todo por sus relatos.



Estoy hablando de Julio Cortázar (1914-1984), de quien seguro muchos de vosotros habéis leído algo (como Rayuela, una de sus obras más conocidas y traducidas). Cortázar fue un escritor que se suele relacionar con la corriente del realismo mágico o del surrealismo, un escritor con convicciones fuertes acerca de la escritura y la lectura que pretendía con sus escritos crear un cambio en la forma de leer y en lo que leer.

En esta entrada os quiero mostrar un relato metaficticio (y metanarrativo) suyo llamado «Continuidad de los parques» [relato incluido en Final del juego (1956)]. Es un cuento corto, de apenas una página y media en el que, con un estilo realista y a pesar de su extensión muestra una crítica a determinados modos de lectura y determinados tipos de libros.


Os dejo con él.


CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Es bueno, ¿verdad? ¿Qué os ha parecido?

¡Y hasta aquí la entrada de hoy! Espero que os haya gustado y os haya descubierto un relato (o un autor) que no conocíais. Yo aquí me despido, ¡hasta la próxima!

2 comentarios:

  1. ¡Hola Camino! Cortázar es bueno, sí. A mi me encanta el de No se culpe a nadie
    Te lo paso por si no lo has leído.

    Un abrazo;)

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